Durante años, los gobiernos occidentales nos prometieron una revolución silenciosa, limpia y verde, la del coche eléctrico, donde en 2035, el aire sería puro y todos circularíamos felices en vehículos sin tubo de escape, enchufados a una red alimentada por unicornios solares. Pero, como suele ocurrir con las utopías, en este relato de superhéroes climáticos, la realidad ha decidido intervenir.
Estados Unidos, que se había presentado como campeón de la movilidad eléctrica, ahora pisa el freno pues los incentivos fiscales se esfuman, los fabricantes recortan sus planes y los consumidores siguen prefiriendo su viejo pick-up antes que una berlina que necesita tres horas para repostar. En Canadá, el Gobierno ha pospuesto su mandato de “vehículos cero emisiones” porque, sorpresa, la industria automotriz no estaba lista para cambiar de golpe y los aranceles con EE UU, amenazan con gripar el motor de la economía.
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